Últimamente, me planteo el hecho de observar, pararme y analizar las presiones en las que vivimos sumidas las personas en general, las mujeres en particular.

No hablo desde una perspectiva de posición en defensa a ultranza de la mujer, simplemente, me baso en lo que observo día a día en mi trabajo.

Las consultas con petición “necesito saber cómo ayudar a mi hijo/a”; “no sé que hacer para entender que le pasa por esa cabecita”; “siento que mi hijo/a y yo estamos distanciados, y la verdad, no sé como arreglar el daño causado”

Bien, observarás que el hablar en femenino no me lleva a establecer una defensa hacia las madres y una acusación hacia los padres, simplemente, las demandas de las madres son mayores.

¿Por qué?

Ahora sí que voy a hablar no solamente desde mi punto de vista laboral (repito, me baso en los siete años de experiencia profesional), sino que, personalmente, pienso (y creo) que queda mucho por hacer.

Ser la madre o el padre perfecto.

La madre perfecta: cuidadora, protectora, contenedora de las ambivalencias emocionales de los hijos, superheroína con capa, responsable del bienestar emocional y físico de los mismos…

El padre perfecto: trabajador, responsable, cargador de una mochila de emociones medianamente digeridas, con tendencia (no siempre) a delegar en la madre todo aspecto relacionado con la problemática de los descendientes.

A decir verdad, sé que puede parecer (y no quisiera) que estoy encasillando y encorsetando el rol madre y el rol padre, debo afirmar: no es así, simplemente, repito, desde lo que observo en consulta, existe una tendencia en solicitar ayuda por parte de una madre con necesidad de perfección.

La madre y el padre perfecto.

Esos que ni han existido, ni existen, ni existirán.

Porque las exigencias personales tienen un límite, llamado “ser simplemente una madre o padre lo suficientemente buena/o”:

Escuchar a tu hijo.

Intentar entenderle.

Darle espacio para que se exprese.

No enjuiciarlo.

Sostenerlo.

Arroparlo.

Cuidarlo.

Sé que suena fácil, y que ver los toros desde la barrera dista mucho a verlos desde la misma plaza, pero desde el momento en el que sabes que vas a tener un hijo, equilibrar toda la parte emocional y racional te dará (muy probablemente) la libertad de sentir hacer lo correcto, porque simplemente estarás haciendo desde la voluntad de ver crecer a tu hijo con unas herramientas más que válidas para su correcta gestión emocional.

Recuerda: nunca se está suficientemente preparado para asumir una responsabilidad extrema de ser perfecto/a, cuando la perfección no es más que una ilusión.

Feliz maternidad/paternidad.